El concepto de inteligencia emocional está de moda, es cool, muy cool y su recorrido mediático parece no agotarse. Mucha gente tiene claro, sin tenerlo muy bien definido, que el término se refiere a algo así como trabajar las emociones para estar más centrados y ser más auténticos y productivos, cuando nos referimos al mundo de la empresa y todo lo que tiene que ver con las áreas profesionales y el trabajo.

Bueno, sí, pero es algo más, algo más diverso y disperso en el espectro de las cosas que tienen que ver con la puesta en marcha de proyectos, con el hecho de volcarse en ellos, con el de venderlos a quienes nos los puedan ‘comprar’ o impulsar, con un derecho natural a trabajar en valores.., humanos.

Me parece apropiado dar unas cuantas pinceladas para confeccionar una parte del cuadro de cómo interacciona la inteligencia emocional con la emprendiduría, probablemente de las actividades profesionales que mejor dan de sí a un pretendido desarrollo natural de valores. Vamos a ver cómo se aplica esa inteligencia emocional en el camino del trabajo de los emprendedores. Empezaré por la conciencia.

Conciencia. Se trata de un punto de partida en el que todo emprendedor debe comenzar su camino. El punto en el que se toma conciencia de sus aptitudes, de sus actitudes, de sus habilidades y de sus debilidades, es el lugar en el que se sincera consigo mismo y comienza a estar en disposición de hacer marchar su proyecto en la dirección en la que sus capacidades se ponen en juego y trabajan a su favor.

Aprendizaje perpetuo. Trabajar encardinados con la inteligencia emocional es estar dispuestos a aprender a todas horas, en todo momento, bajo cualquier circunstancia, especialmente de los errores, ajenos y propios. No cejar en la comunicación social con el marketing online, una vida virtual y conectada con el mundo para una  vida profesional de la mano de los social media.

Flexiblidad. Si la conciencia puede llevar al emprendedor a estar atento a todas las variables que van surgiendo a medida de que su proyecto va afianzándose, dar demasiada importancia a lo conseguido puede ser un paso atrás, el de experimentar lo que se tiene como un éxito y un final en sí mismo, cuando todo lo que queda es futuro.

Ser flexibles en el manejo de los éxitos y en el de los tiempos de los desarrollos, hará la atención del emprendedor más maleable y con mejor proyección hacia lo que ha de venir, a lo que pasa a su alrededor, al mercado, a la competencia, dejando de mirarse, de alguna manera, el ombligo.

Autoevaluación. Ser guiados por las emociones propias, por una conducta proactiva, ágil, en movilidad, necesita de un ‘reseteo’ continuo, de forma que nos replanteemos que es lo que hacemos con lo que tenemos entre manos.

Algo parecido a un acto de autoevaluación, o lo que es lo mismo, pararse para ver cómo vamos y a dónde vamos. Para que la vorágine y nuestros propios impulsos no nos arrastren.

Hablo de control, pero un control flexible, siempre dispuestos a soltar lastre por la borda de la nave que llamamos emprendiduría. Consultar con los social media, con la red de contactos más cercanos, puede ser un punto de apoyo para colaborar en esta autoevaluación.