Como toda onomástica de cierta relevancia, el Día Mundial de Internet nos sirve para analizar la evolución de esta herramienta, que a lo largo de su ya dilatada vida nos ha demostrado que el invento llegó para quedarse, cambiar nuestras vidas y por el camino, sufrir algunas modificaciones y reinventarse a sí misma.

Han pasado ya varias décadas desde los orígenes de Internet, de su creación en el ámbito militar y su puesta en escena para el mundo entero a través de las World Wide Web. La explosión de este nuevo universo llegó apenas entrado el siglo XXI y en cada elemento cotidiano, por nimio que parezca, nos podemos dar cuenta de hasta qué punto ha modificado el rumbo de nuestras vidas.

El conocimiento y la información cambiaron de propietarios. Si antes eran productos codiciados y en cada casa ocupaban un lugar ilustre de las estanterías, ahora las enciclopedias, a lo sumo, sirven como base para mantener las mesas de centro de nuestros salones. Google es el responsable de este cambio, ya que si necesitamos conocer algo nuevo acudimos al poderoso buscador, que a golpe de intro consigue que en pocas décimas de segundo podamos acceder a una infinidad de resultados para saciar nuestras dudas.

Lo mismo ha sucedido con los elementos centrales de la comunicación: medios sociales de masas e instrumentos de transmisión. Los primeros han visto perder su hegemonía en lo que a inversión publicitaria se refiere a favor de la publicidad online mientras que si bien seguimos hablando por teléfono, lo hacemos a través del móvil y sus dispositivos.
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Smartphones, tablets, aplicaciones. Es el nuevo lenguaje que ha instaurado Internet, que se ha valido de las redes sociales para implantarlo de forma planetaria. Facebook, Twitter, Youtube: las nuevas plataformas congregan a millones de usuarios y se han configurado como los principales vehículos de expresión de los prosumers, la figura por la que los consumidores hemos pasado únicamente de recibir contenidos a fabricarlos a través de nuestras opiniones y valoraciones.

Sin embargo, Internet se enfrenta a su gran reto: materializar esta imagen global en una realidad. Y es que las cifras del acceso al universo 2.0 hablan por sí mismas y nos arrojan las diferencias que existen entre los distintos territorios. Si en la mayor parte de los países europeos, EEUU, Australia o Canadá el acceso a la Red es de más de un 70% otros países no devuelven resultados tan optimistas.

Es el caso del continente africano, de buena parte de Asia y (aunque cada vez menos) de América Latina. Una tendencia que debe invertirse para poder hacer justifica a ese término tan controvertido que es la globalización. Y a trasladar las ventajas de Internet a un mayor número de personas.
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